Cuando Adam McKay decidió dirigir Vice en 2018, pocos imaginaban que un biopic sobre un político tan reservado como Dick Cheney, el vicepresidente de George W. Bush, podría convertirse en una película tan vibrante, sarcástica y ferozmente crítica. Sin embargo, el resultado fue una de las obras más provocadoras del cine político reciente, y gran parte de su fuerza recae en la transformación monumental de Christian Bale, quien se adentró en la mente —y en el cuerpo— de uno de los hombres más poderosos y enigmáticos de la historia moderna de Estados Unidos. Jet Ski Roses
Bale, conocido por su capacidad de camaleón, engordó más de 20 kilos, adoptó la voz pausada y el gesto imperturbable de Cheney, y construyó un personaje que va mucho más allá de la imitación. Su interpretación revela a un hombre que asciende silenciosamente por los pasillos del poder, manejando los hilos desde la sombra, sin levantar la voz ni llamar la atención. Esa sutileza fría y calculadora es la esencia de Vice, una película que retrata la era Bush desde una perspectiva de ironía afilada y de tragedia política.
El filme sigue el recorrido de Cheney desde sus años como joven burócrata en Washington hasta su papel central durante la administración Bush, donde se consolidó como uno de los vicepresidentes más influyentes de la historia de Estados Unidos. Adam McKay, que ya había sorprendido con The Big Short al explicar la crisis financiera de 2008 con humor y didactismo, utiliza aquí un estilo similar: una narrativa fragmentada, recursos visuales atrevidos y un tono que oscila entre el sarcasmo y la indignación.
Vice no busca un retrato objetivo, sino una reflexión política envuelta en sátira. McKay convierte a Cheney en una especie de antihéroe shakesperiano, un hombre impulsado no tanto por la ambición de ser visto, sino por el deseo de controlar. El director desmonta la figura del poder silencioso y la transforma en una crítica al sistema político estadounidense, donde la manipulación, el secretismo y los intereses económicos se entrelazan con la política exterior y las guerras.
El guion presenta momentos brillantes en los que la película rompe las reglas del biopic tradicional. Hay escenas en las que los personajes parecen conscientes de estar dentro de una película, una narración que se interrumpe con metáforas visuales y un narrador omnipresente que observa a Cheney con fascinación y horror a partes iguales. Todo ello contribuye a construir una obra que no solo cuenta una historia, sino que la analiza y la disecciona ante el espectador.
En el centro de todo se encuentra Christian Bale, cuya actuación le valió el Globo de Oro y una nominación al Óscar. Su Cheney no es un villano caricaturesco, sino un retrato profundamente humano en su frialdad. Hay momentos en los que se percibe su amor por su familia, su fidelidad a su esposa Lynne (interpretada por Amy Adams), y su orgullo paternal. Pero también hay una inquietante falta de empatía que hace de su personaje un espejo del poder sin límites. Bale logra que cada mirada y cada silencio transmitan control y cálculo, haciendo que el espectador sienta tanto fascinación como repulsión.
Amy Adams, por su parte, ofrece una interpretación sólida y complementaria. Su Lynne Cheney es una mujer ambiciosa, inteligente y consciente del papel que puede jugar su esposo en el tablero político. Sam Rockwell brilla como un George W. Bush desorientado y manipulable, mientras que Steve Carell encarna a Donald Rumsfeld con una energía tan cómica como inquietante.
La dirección de McKay combina humor negro y análisis político, sin miedo a incomodar. La película se atreve a reescribir el tono del cine político contemporáneo, mezclando géneros y estilos con una audacia pocas veces vista. Su montaje ágil y su ritmo narrativo convierten un tema potencialmente árido —la burocracia del poder— en un relato tan entretenido como perturbador.
Más allá del retrato de Cheney, Vice es un examen del poder moderno: cómo se ejerce, cómo se disfraza de patriotismo y cómo puede moldear la historia sin rendir cuentas. Es una historia sobre la influencia invisible, sobre decisiones tomadas en despachos cerrados que cambian el destino de millones.
Con Vice, Adam McKay consolidó una nueva forma de hacer cine político, y Christian Bale entregó una de las interpretaciones más impresionantes de su carrera. Juntos, crearon una película que no solo revive al hombre detrás del trono, sino que nos obliga a mirar de frente las sombras del poder y el costo de su ejercicio.